Un grupo de voluntarios de San Nicolás de los Arroyos recolectó diversos elementos para la Villa Atamisqui de Santiago del Estero. Es la primera acción de un grupo de alumnas del Instituto Laura Vicuña que contó con la adhesión de numerosos sectores de la Comunidad en general, junto a la organización de la Ong. Acuerdo ambiental.
Todo tiene un principio
El proyecto que comenzó a gestarse en el Instituto Laura Vicuña de nuestra ciudad, más precisamente en los dos primeros años de las modalidades que allí se dictan, cobró rápidamente sentido y forma en un entusiasta grupo de alumnas y docentes.
Luego se sumó Acuerdo ambiental, Ong local que aunó voluntades y esfuerzos para que los resultados fueran mayores.
Es destacable la voluntad de servicio que se pone de manifiesto cuando hay una consigna clara: el concepto “Ayudemos a Atamisqui” comenzó a circular y fue así que, la semana pasada hacia allí partieron voluntarios de Acuerdo ambiental para entregar las donaciones de diferentes escuelas, vecinos, empresas, farmacias, y el INTA de San Nicolás.
Sobre Atamisqui
Atamisqui -que comenzó a poblarse en 1546- es el departamento más viejo y más pobre de la provincia de Santiago del Estero. Allí se encuentra Villa Atamisqui .
La vía de acceso desde nuestra ciudad es la ruta 9 (antigua ruta del Inca). A la altura del Km. 1056 hay que desviarse unos 30 km para arribar a un pueblo en cuya fisonomía destaca la parroquia. Allí un grupo de Hermanas de María Auxiliadora trabaja en pos de la comunidad y de sus necesidades. No es fácil, pero el cansancio es un lujo que no pueden darse.
Villa Atamisqui cuenta con un Hospital modestísimo, y los casos más graves o urgentes son derivados a la capital, Santiago del Estero, distante a 110 km al norte.
La labor de las Hnas. Cari y Ángela es insustituible: recorren la región evaluando las necesidades de los pobladores del monte, llevan desde sábanas hasta remedios, evangelizan y trasladan, si hacen falta.
El agua es la vida
El problema más evidente es la falta de agua. Su ausencia se traduce en espinosas, arena salitrosa, que forma extensos colchones de “talco”, se patentiza en los labios resecos y la sensación casi constante de sed.
Algunos emprendimientos han paliado esta necesidad, como los tinglados construidos por una Ong regional, cuyos techos derivan en canaletas que almacenan el precioso
elemento en cámaras, para que las utilicen los vecinos del monte.
Además, merced a un asesoramiento del Inta regional se han cimentado las bases de las llamadas “represas”, vados y pozos de diferente magnitud, construidos algunos de ellos por maquinaria vial, y muchos otros a mano, con palas. Cuando llueve es posible juntar algo de agua, pero su calidad y cantidad son precarias.
Preciosos elementos
Allí se vuelven vitales elementos de primera necesidad: lavandina, jabón blanco, aspirinas, algodón, ropa, útiles, libros, agujas, hilo, comestibles… La labor de los voluntarios nicoleños que participaron relevó más de 500 kilos entre todo lo colectado.
El mismo día del arribo se repartieron semillas en los ranchos del monte, y en una actividad recreativa con los niños de la Villa se regalaron golosinas para todos. Fue inmensa la alegría de todos los que allí estaban.
Teleras de Atamisqui
Es muy importante la relación establecida con las moradoras de la región. Las teleras o tejedoras atesoran el saber hilar la lana. Esta labor es transmitida de generación en generación (incluso los niños ayudan en esas tareas). Improvisan con palos del monte rústicos telares de los que emergen dibujos inéditos, hermosos.
Es casi mágico asistir a la hilada, viendo cómo en cuestiones de segundos las mechas de lana virgen se transforman en hebras para tejer.
Dan color con tintes naturales (“pieles de árboles”, raíces, hojas, etc), inclusive con humo.
Cuando los hombres emigran temporalmente a las cosechas, ellas quedan a cargo de la casa y los hijos. Trabajan para el sustento familiar y muchas veces por sumas irrisorias venden sus cobijas o mantas de lana, para que sean luego, inclusive, exportadas.
La visión del medio natural
Cuando se analiza un lugar, su gente, la cultura… es imposible soslayar la intensa red de relaciones que se tejen entre el hombre y su ambiente.
En estos páramos casi desérticos, alguna vez el agua estuvo más cerca. Sin embargo, quienes tienen más poder de decisión y económico “desviaron” el curso del Río Dulce que deriva en la laguna de Mar Chiquita.
Por otra parte, el sol calcinante, responsable de los 47 grados en verano, seca en minutos las pocas lluvias del año. El arenal salitroso del suelo sólo da para calabazas y sandías, apenas para consumo familiar.
Parte importante en este racconto es la existencia de Diques que, si bien han paliado problemas de energía y agua en el noroeste argentino, han derivado en problemas ambientales extremos. Es así que los pobladores están casi sin agua durante el invierno y no es poco común que en sus desbordes, el Río Dulce busque nuevos cauces e inunde la zona.
Contrasentidos
“Antes esto no era así” dicen los moradores. “En los bañados que aún perduran se sigue produciendo como se hacía antes, en la época de la Colonia, y antes también, en el tiempo de los aborígenes. El río baña la tierra, en esos suelos fertilizados por el limo que trae la corriente, con la humedad que dejaba cuando se retiraba, se sembraba. “
Paradójicamente, en los primeros años de la Conquista Española y hasta no mucho tiempo, los departamentos más ricos de Santiago del Estero eran, justamente Salavina, Atamisqui y Loreto, hoy perjudicados por la falta de agua.
Atamisqui, Quebrachos y Salavina, pueblos que piden se reencauce el río Dulce, ya que, por el desmadre del río, una amplia región sufre un cambio en su producción, se perdieron animales, no hay agua para tomar y especies vegetales y animales se vieron perjudicadas.
Tejiendo el futuro
Una de las principales conclusiones de este viaje solidario, está relacionada con la posibilidad de colaborar en la organización de una red social sustentable. El objetivo fundamental sería conformar una figura colectiva de autogestión sustentada en una red de solidaridad social.
En ella tendría vigor e importancia la organización de productoras artesanales teleras de Atamisqui. Las líneas de acción que desarrollaría la Comunidad sería la comercialización conjunta de la producción de los grupos de Teleras representadas, en forma directa.
Las potencialidades de este proyecto son indiscutibles:
• Revalorización de este arte en peligro de extinción.
• Reivindicación de las teleras, gracias a quienes este oficio se ha mantenido vivo por cientos de años.
• Permanencia de las técnicas de elaboración -claros productos del mestizaje- tintes y procedimientos manuales.
• Puesta en valor del rol económico y sociocultural de la mujer atamisqueña.
En su arte se entrecruzan, como los hilos de una trama, los pasados precolombinos, coloniales y las resignificaciones presentes. Las prendas son realizadas con materias primas locales (oveja, algodón, tinturas vegetales) con la habilidad manual para manejar el uso, la rueca y el telar. Los detalles sirven de complemento para lograr una prenda con una fuerte identidad regional: terminación de flecos y “rejas”, pintadas a mano con iconografía indígena, botones de materiales naturales, etc.
Por ello, cada producto elaborado por las teleras de esta asociación, además de la utilidad que se le prestará, tiene incluida la historia, los sentimientos y la identidad de las mujeres.
Con la alegría de haber alcanzado un objetivo, se generan otras responsabilidades y la posibilidad de pensar otros.