Misión en Va. Atamisqui
“Lo que vi, lo que escuché”: eslabones
por Karina Madariaga
Presidenta
Acuerdo Ambiental
La Muerte, esa vieja amiga
En recorrida por el monte, acompañando a la Hna. Cari de la Comunidad de las Hijas de María Auxiliadora, pasamos por un rancho y observamos a una viejita que permanecía sentada, bajo el ala de su casa de barro, quieta, absorta.
-¡Mirá…! ¿Viste a esa viejita? , me preguntó ella con un rostro de ternura.
Por supuesto que la había visto. Pero esa imagen, como tantas otras en esos parajes, me tenía sin palabras. La camioneta también estaba callada, estacionada, a la espera.
-¿Vamos a verla?, le pregunté, y allá volvimos.
Se acercó tímidamente a recibirnos, y nos dio dos besos a cada una, como es costumbre en el lugar.
Hablamos del tiempo, de la falta de agua, de las lanas y los telares, mientras nos mostraba unas cobijas hechas por ella. Sin transición nos contó de todos los hijos tenidos. Nos dijo que estaba solita. El hijo, trabajando en el monte. Cada uno en sus cosas. La nuera había ido a lo de alguien, a hacer un mandado.
A esa altura, recién, nos preguntamos los nombres. Se llama Delfina. Su rostro me conmovió profundamente, sus arrugas me parecieron hermosas.
Todo en el monte está mimetizado: la tierra, el barro, los rostros, los ranchos…
Ya nos íbamos, yo le tenía tomada una mano (cálida, a pesar del frío del día más frío del año hasta ese momento) mientras enfilábamos hacia la chata Se acercaba la noche y la recorrida por el monte estaba a la mitad.
Quise saber:
_ Delfina, ¿en qué pensaba hace un ratito, ahí en la silla, sentada…? Estaba tan quietita...
_ Y en qué voy a estar pensando… En la Muerte.
No supe qué decir, la Hna. Cari tampoco.
¡Fue tan simple y contundente Delfina!
Y en su voz no había tristeza o miedo… Al contrario, era la voz de la resignada espera. Y hasta un dejo de alegría se percibía en su tono.
Pienso en Delfina en estos días. Y me emociona profundamente haber compartido el milagro de sus palabras.